Todo mi reconocimiento y apoyo

Las noticias económicas parecen empeñadas en ofrecernos cada día nuevos motivos de sobresalto. Las consecuencias derivadas de las múltiples crisis que padecemos, de los problemas relativos al déficit, a la deuda soberana, al sector financiero, a la Bolsa… los ajustes y recortes, la cuestión griega, los posicionamientos respecto a nuestro país de la UE, de los mercados, de las agencias de calificación, las previsiones de los organismos internacionales… copan los informativos, los periódicos, los digitales… en una suerte de aluvión sin fin.

Más allá de la macroeconomía y de la sensación general de creciente incertidumbre, confusión y hasta de desánimo que ésta hoy nos produce, existe, sin embargo, otro mundo menos publicitado, el de la economía real, cuyo esfuerzo, informativamente menos apreciable y valorado, es, sin embargo, el que en mayor medida está sacando adelante este país.

Ciertamente, son las empresas y quienes las conforman los que, pese a las dificultades, posibilitan hoy con su actividad, con el empleo, con sus impuestos e inversiones que las cosas sigan funcionando.

Afrontando muchas de ellas situaciones críticas, con graves problemas de demanda, de financiación, de competencia y obligadas a ajustar hasta el límite sus costes y sus estructuras, a reorganizarse y reinventarse, y asumiendo de forma simultánea exigentes retos de internacionalización, innovación, tamaño, avance tecnológico y posicionamiento en los mercados, las empresas siguen siendo el motor y la base que sustenta el edificio de nuestra economía. Constituyen, al mismo tiempo, un ejemplo de cómo la voluntad, el afán de superación, el sacrificio y el trabajo en equipo de todos sus integrantes es capaz de construir un frente más sólido y resistente contra la adversidad.

Como presidente de Confebask tengo la oportunidad de ver cada día en primera persona todo ese esfuerzo, esas dificultades, esa férrea determinación de nuestras empresas para seguir llevando a cabo los cambios necesarios, para afrontar los retos, para consolidar lo logrado y para trabajar con ahínco por el futuro de todos. De ahí también mi necesidad de reconocerlo, de aplaudirlo, de insuflar ánimo a todas las grandes, medianas y pequeñas empresas vascas a las que esta crisis y los problemas de la macroeconomía están haciendo penar tanto.

Ya sea por necesidad o por virtud las empresas vascas están haciendo todo lo que pueden y más para salir de esta difícil situación que hoy nos toca vivir. Tienen la crisis muy presente, pero ello no les paraliza, ni les desanima. Siguen trabajando, mantienen la maquinaria engrasada y no renuncian a buscar las oportunidades allí donde se encuentren, siendo también importante que en este empeño encuentren el máximo apoyo institucional, político y social.

De ese apoyo de todos y de que las propias empresas se ayuden entre sí, de que las grandes tiren de las pequeñas, de que los grupos tractores acompañen, estimulen y favorezcan el esfuerzo de las pymes para salir al exterior, para avanzar en conocimiento, en tecnología, en innovación y en competitividad va a depender también que contemos con más resortes para ganar la batalla a este desafío y los que vengan. Impulsando nuestras fortalezas, minimizando nuestras debilidades y ayudándonos entre nosotros será a buen seguro más fácil seguir sacando el impulso necesario para resistir, mientras llegan tiempos mejores.

Por todas estas razones, gracias por empeñaros día a día en seguir haciendo esfuerzos para mantener las empresas y para proteger los empleos que las mismas generan.

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Financiación para crecer

Los últimos acontecimientos políticos vividos en Francia y Holanda, el deterioro de España e Italia, el peligro de contagio al conjunto europeo que apunta el incremento de la prima de riesgo y los temores a una recesión prolongada han reavivado en el seno de la Unión Europea la idea, cada vez más generalizada, de que las políticas de austeridad, aun siendo necesarias, en ningún caso van a bastar por si solas para lograr los objetivos pretendidos.

Ayer mismo el presidente de la UE, Van Rompuy, desveló el inicio de una nueva estrategia con otro tipo de recetas anticrisis que pasan por priorizar el crecimiento frente a sólo el estricto cumplimiento de los objetivos de déficit, algo que alienta quizá también la esperanza de cierta flexibilidad en los topes y plazos impuestos a España, hoy por hoy tan difíciles de satisfacer.

Cada día parece más evidente que la severa cura de adelgazamiento que se ha autoimpuesto Europa bajo las directrices del eje Alemania- Francia, además de no haber funcionado, al menos hasta ahora, pasa también facturas políticas que quizá no todos están dispuestos a asumir. Un nuevo argumento para este posible viraje lo constituye, por otra parte, el hecho de que EE UU, que ha seguido una línea diametralmente opuesta, haya abandonado ya la recesión.

Que en virtud de la situación y los resultados obtenidos conviene reflexionar sobre otras alternativas parece, pues, claro. Así lo hemos venido también manifestando desde Confebask hace ya mucho tiempo, conscientes de que sin crecimiento nada era posible y que para que la economía real, principal sufridora de esta situación, pudiera procurar ese crecimiento hacia falta también ayuda y estímulo.

El ajuste y las reformas estructurales quizá siguen siendo necesarios para que no se desboque el caballo del endeudamiento y para tener alguna posibilidad de generar confianza en los mercados, pero el rigor no debería estar reñido con cierta tolerancia y menos aún con medidas para reactivar la economía, la actividad y el empleo. Otra cosa probablemente nos conduciría a una situación insostenible, a tomar una medicina que lejos de restablecer al enfermo acabaría matándolo.

Dando esto por sentado, no es menos cierto que para estimular el crecimiento hacen falta recursos de los que en este momento nosotros no disponemos. Crecer tiene un precio y alguien debe financiarlo. Ese alguien, esos mercados que deben seguir prestándonos y a quienes debemos hoy tanto, no confía en que podamos devolvérselo y cada vez nos impone un coste más alto, que a su vez incrementa el endeudamiento, el déficit y, sobre todo, la desconfianza que nos mantiene en esta difícil situación.

Las soluciones no son nada fáciles. Los países más afectados, caso especialmente de España, desgraciadamente tendrán que seguir haciendo sacrificios y reformas, pero compaginar ajuste y dinamización económica es también posible. Por ejemplo, hay todavía margen para implementar políticas que primen la inversión productiva, sobre el gasto corriente, para aumentar la productividad, para utilizar la fiscalidad al servicio de la competitividad, para racionalizar estructuras, para rentabilizar o vender activos que nos procuren recursos, para incentivar el empleo… Las instituciones financieras han de comprometerse también más de lo que lo están haciendo y el BCE sigue teniendo un importante papel que jugar, poniendo a funcionar la máquina de hacer dinero cuando ello sea preciso. Sería importante, además, que la Unión Europea afrontará con decisión, coordinación e instrumentos un problema que, por no resuelto, tiende a pudrirse, que hubiera, en definitiva y por fin, una verdadera Unión Europea.

Las situaciones límite, aunque angustiosas, tienden también a agudizarnos el ingenio. Está en riesgo la supervivencia y debemos saber encontrar las respuestas y las alternativas que más nos ayuden como ya hemos hecho en otras ocasiones, aunque tampoco fuera sencillo. Debemos hacerlo, además, desde la responsabilidad, desde la colaboración de todos, con consenso institucional y político y con los pies firmemente apoyados en la tierra, asumiendo que estamos ante un cambio de era, un época de trasformaciones estructurales, nuevas exigencias, grandes incertidumbres y donde ya nada será lo que era, y donde, por tanto, no podemos aferrarnos al pasado si no queremos renunciar al futuro.

Crecer es el objetivo, lograr financiación para ello el reto al que debemos aplicarnos con todas nuestras fuerzas.

 

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Inoportuna y contraproducente

El próximo jueves está convocada una huelga general en protesta por la reforma laboral. Sin entrar a valorar las supuestas razones de tal movilización, que en absoluto comparto, quizá la primera reflexión que cabe hacer es si en las actuales circunstancias socioeconómicas una huelga es la respuesta que exigen nuestros problemas.

No sólo se trata de una iniciativa inoportuna y contraproducente, que supondrá notables pérdidas para una economía ya debilitada y que perjudica aún más a nuestro tejido productivo, sino que, además, va a tener poco recorrido práctico.

La realidad es la que es. Podremos resistirnos cuanto queramos ante los tiempos y sus exigencias, pero en un mundo que cada día cambia para todos, que nos reclama flexibilidad, agilidad y adecuación continua, no cabían ya las rigideces e ineficiencias que caracterizaban a nuestro mercado laboral y tratar de conservarlo es una de las razones que, precisamente, nos ha llevado hasta aquí.

Las empresas sabemos bien, porque lo sufrimos en carne propia, que en la adaptación al cambio, en la permanente transformación y en la búsqueda de cada vez mayores cotas de competitividad en mercados progresivamente más lejanos y difíciles está la supervivencia y hace tiempo que venimos así afrontándolo, muchas veces sin más herramientas que el coraje, el tesón y muchas ganas de hacer las cosas bien.

Sólo con empresas flexibles y competitivas cabe, por otra parte, aspirar a seguir creando empleo y a procurarnos crecimiento, desarrollo económico y un Estado de Bienestar sostenible.

El recurso a la huelga, por muy legítimo que sea, no resulta, desde este punto de vista responsable. La situación económica es muy complicada. La crisis, quizá una de las más graves y profundas que hemos atravesado, lo inunda todo. Destruye empresas y empleo, hace que el consumo, la inversión, la recaudación se resientan, presiona nuestro déficit y nuestro endeudamiento, genera desconfianza en nuestra economía…En unas circunstancias así, no nos podemos permitir obstáculos añadidos y esta huelga sin duda lo es.

Desde el realismo, la sensatez y la responsabilidad lo que hoy toca no es el conflicto, ni la resta, sino la suma de esfuerzos y el afán de superación que necesitamos para hacer cuanto antes el tránsito hacia la nueva época en que nos encontramos. Porque más que en una crisis, en lo que estamos ya es en un nuevo mundo, con nuevas exigencias y dificultades. Dificultades que estamos viendo también obligan a otros países a tomar medidas y que de haber sido aplicadas aquí antes quizá nos hubieran supuesto hoy menos sacrificios.

No es, en cualquier caso, hora de lamentarse, sino de redoblar energías, seguir poniendo en marcha medidas y pensar que juntos, remando en la misma dirección podremos más fácilmente encarar el reto y convertirlo en una oportunidad de futuro. Hoy, el día 29 y los siguientes, vamos tener que trabajar por ello. No hay más remedio.

Finalmente, y en relación a la huelga, cabe recordar que el éxito o el fracaso de la misma no puede nunca medirse por la capacidad para imponerla, sino porque quienes acudan a la huelga, lo mismo que quienes desean hacerlo a su trabajo vean enteramente respetado su derecho. Un derecho, el de todos, que nadie puede subvertir por la fuerza.

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Apoyo y no obstáculos

Se ha suscitado un cierto debate, especialmente en Gipuzkoa, acerca de una posible reforma del Impuesto de Sociedades que en el caso de este territorio pasaría por incrementar la carga impositiva que recae sobre  las empresas y eliminar una buena parte de los incentivos a que éstas pueden actualmente acogerse.

Si ya la diferencia tributaria que grava a nuestras empresas en relación con las europeas es ostensible, colocándonos en clara posición de desventaja competitiva, acometer un aumento de la presión fiscal en unas circunstancias como las actuales, cuando tantas empresas se enfrentan a serias dificultades de supervivencia tendría muy probablemente consecuencias impredecibles.

En un tejido productivo como el nuestro, mayoritariamente compuesto por pymes, acuciado por una grave caída de actividad y demanda, importantes tensiones de financiación y liquidez y un creciente debilitamiento tras cuatro largos años de crisis, medidas de este cariz podrían resultar extremadamente perjudiciales. Más aún si se tiene en cuenta que, al mismo tiempo que sufren las dificultades de la coyuntura económica, esas mismas empresas están haciendo un gran sobresfuerzo para internacionalizarse, invertir en tecnología e I+D+i y mantener el empleo hasta donde ello sea posible, conscientes de que sólo con competitividad, capacidad de adaptación y capital humano cualificado pueden neutralizar la situación que padecen.

Es por ello que, lejos de sumarle obstáculos, su empeño debería ser digno de todo el apoyo necesario. De nuestras empresas, de garantizar su supervivencia y desarrollo, de favorecer su salida al exterior, de que sepan captar nuevos mercados y ofrecer a éstos innovación, tecnología y valor añadido a costes competitivos va a depender a la postre que salgamos de esta crisis en mejor o peor posición. Por otra parte, sin empresas que reactiven la economía, que procuren crecimiento y empleo tampoco será posible todo lo demás: el consumo, la inversión y los servicios públicos, el desarrollo personal y social y el Estado de Bienestar.

Desde el inicio de la crisis, hemos visto, además, como las economías más avanzadas de Europa han favorecido la fiscalidad empresarial, tanto por la vía de reducir los tipos de gravamen del Impuesto de Sociedades, como por la aprobación de nuevos incentivos para favorecer la actividad empresarial y con ello el empleo. Caso destacable a este respecto y que debería servirnos también de ejemplo es el de Alemania, una economía industrial como la nuestra, líder europeo tanto en términos económicos, como sociales y el único país que durante la crisis ha logrado reducir el desempleo del 8,5 al 5,5%. Pues bien, Alemania ha establecido un sistema fiscal que toma a la empresa como fuente insustituible de generación de empleo y de riqueza , pero no tanto de ingresos fiscales relevantes que llegan por la actividad y el empleo que ésta procura. De hecho, la recaudación por Impuesto de Sociedades representa en este país el 1,1% del PIB, mientras que en España asciende al 2,9%.

Ello demuestra que trabajar en sentido contrario a aquellos en quienes deberíamos fijarnos no sólo aumenta nuestras dificultades, cuando éstas son ya tantas, sino que, al frenar el crecimiento económico, perjudica también al propio objetivo recaudatorio que impulsa las iniciativas que se están planteando. Malo, en definitiva, para todos.

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Hacia un déficit sostenible

Aunque parece que será necesario esperar hasta mayo para conocer si la Unión Europea permite o no a España relajar el cumplimiento del objetivo de déficit, las noticias que llegan no son nada tranquilizadoras. Y no lo son no sólo porque, a tenor de algunas declaraciones, las resistencias europeas son muchas, sino también porque el objetivo se revela cada día más difícil de alcanzar, al menos sin un ajuste brutal que probablemente nuestra maltrecha economía no está hoy en condiciones de soportar.

Ciertamente si se hubieran acometido  las reformas necesarias con mayor antelación y, sobre todo, si se hubiera gestionado más adecuadamente el endeudamiento y el gasto podríamos estar en otra situación, pero la realidad es la que es y no sirve de mucho lamentarse.

Otra cosa es que no se tengan en cuenta los importantes esfuerzos que se están  ahora realizando, ni especialmente la conveniencia y viabilidad de lo que se exige cuando el horizonte, además, se sitúa en clara recesión.

Si se establecen las reformas y ajustes precisos, si se profundiza en el recorte y racionalización del sector público,  en la restructuración del sector financiero y en la derivación del crédito hacia la economía real, si se implanta adecuadamente la reforma laboral y si se establecen medidas fiscales y de reactivación económica que nos permitan favorecer el crecimiento y el empleo, podremos considerar que se están cumpliendo los deberes y sería exigible que la UE fuera sensible a ello.

Por otra parte, el objetivo ha de ser realista. Recortar el exceso y corregir lo que no funciona es deseable y hasta exigible cuando formamos parte de un Club cuyas normas todos han de cumplir, también España. Hacer que los mercados confíen en nuestra economía corrigiendo nuestros excesos y puntos débiles, también.  La consolidación fiscal es, sin duda, necesaria, para dar respuesta a todo ello, pero no es menos cierto que no se puede recetar al enfermo dosis tan elevada de una medicina que en vez de favorecer su recuperación acabe matándole.

Por otra parte, es hora también de cuestionar la idoneidad de una estrategia que basa la salida de la crisis únicamente en la contracción y el ajuste, sin medidas ni alternativas que faciliten la reactivación, sin instrumentos que generen actividad, empleo y, consecuentemente, crecimiento con el que poder pagar lo que se debe.

Independientemente de ello debemos todos ser muy conscientes de que para pedir flexibilidad y medidas que potencien el crecimiento todo lo que se haga para reducir el déficit, tanto desde la administración central, como desde las comunidades autónomas y las corporaciones locales, va a ser mirado con lupa y que no se puede cargar de más argumentos a quien rechaza tal petición.

Es por ello que preocupa la desviación que  hemos conocido también esta semana en la parte de la tarea que para reducir el déficit general corresponde al País Vasco. Pese a que todos sabemos que la reducción de ingresos propiciada por la crisis ha influido vivamente en esta situación, es sabido también que cualquier desajuste de déficit tienen tanto que ver con el control de ingresos, como con el de gastos. Parece evidente en este sentido que las previsiones han fallado y que hemos estado gastando por encima de lo que ingresábamos, marcando, además, un punto de inflexión en el diferencial positivo que hasta ahora manteníamos con respecto a otras comunidades autónomas.

Sería deseable a este respecto ir pensando en posibles alternativas que vayan más allá de la subida de impuestos, en un momento especialmente inoportuno para este tipo de medidas que contraerían todavía más la ya débil economía real y que, de hacerse, deberían ir en cualquier caso orientadas a reactivar la economía y no a mantener otro tipo de gastos. Alternativas que pasan ya no sólo por reducir el gasto, racionalizar estructuras, poner en marcha instrumentos y planes excepcionales o por  priorizar actuaciones, sino también por ver lo que están haciendo otros, por encontrar nuevas fuentes de ingresos en la venta de activos, igual que vienen haciendo también las empresas y las familias, o por buscar recursos y apoyo financiero allí donde se encuentren.

Al respecto de la necesidad de recursos sería también fundamental que la nueva aportación de crédito del BCE por importe de 530.000 millones de euros se destine a apoyar la liquidez y financiación de la economía real y no, otra vez, a favorecer el saneamiento de los balances de las entidades financieras ya que, de lo contrario, se estaría restando a la economía la capacidad de resistencia y de recuperación en la que tanto nos jugamos todos.

 

 

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Una reforma necesaria

Pese a su aprobación hace ya dos semanas, la reforma laboral sigue generando un intenso debate público y privado. No en vano, se trata de una reforma profunda e integral que rompe con muchos años de inercias heredadas del pasado. Es quizá por ello que no deja lugar a la indiferencia ni en quienes las han sufrido, ni en quienes se creían beneficiados por éstas.

Más allá de ello y de las legítimas discrepancias, lo que ha sido, sobre todo, es una reforma necesaria. Tardía (debía haberse realizado cuando nos incorporamos a la Unión Económica y Monetaria), pero necesaria y por primera vez, orientada más que a buscar equilibrios entre las partes, a lo que de verdad importa, es decir, la creación y mantenimiento del empleo, dotando a quienes lo procuran de los instrumentos de flexibilidad y competitividad que mejor sirven a este objetivo. 

En un mundo donde todo ha cambiado, donde la competencia es creciente, donde las empresas se enfrentan a requerimientos de adecuación constantes no era posible seguir preservando sistemas laborales rígidos y caducos, que no sólo no ofrecían soluciones, sino que se habían convertido en parte del problema. En esta crisis hemos destruido más empleo que nadie, sufrimos la tasa de paro más alta de toda Europa, más de un 40% de nuestros jóvenes carecían de expectativas y generaba, además, la desconfianza de los mercados. Era ya una evidencia que el modelo no resultaba sostenible. 

La inexistencia de mecanismos de flexibilidad hacía, de hecho, que fuera más fácil despedir que cambiar las condiciones de trabajo y generaba en el empresario miedo a contratar incluso aunque lo necesitara. Ha provocado, además, una injusta dualidad en el mercado de trabajo penalizando al empleo temporal y dificultando en extremo las oportunidades de los colectivos más desfavorecidos: jóvenes, mujeres y desempleados de larga duración. Pese al esfuerzo que para mantener el empleo ha realizado el colectivo empresarial vasco en esta crisis, la normativa ha sido un corsé que unir a las graves dificultades de la situación económica.

Además de implantar un modelo más generador de empleo y de clarificar, simplificar y agilizar las decisiones empresariales, la reforma cuenta, al mismo tiempo, con otra virtualidad sustancial que debemos entre todos ayudar a materializar. La constatación de que la fortaleza y desarrollo de la empresa, en tanto que proyecto compartido, representa, cada vez más, un bien a proteger por parte de todos aquellos que la integran. Si a algo puede también contribuir esta reforma es a acabar con la vieja dialéctica de intereses contrapuestos entre trabajadores/as y empresarios/as para avanzar en un nuevo modelo de relaciones laborales más integradoras y colaboradoras. Un modelo en el que la aportación, el buen hacer y la implicación deberán necesariamente conjugarse con la participación, la comunicación y la apuesta por la contratación estable.

Un modelo también que nos acerca a Europa, que hace más atractivo nuestro país para la inversión extranjera, que genera mayor confianza en nuestras posibilidades de crecimiento, que fomenta la flexibilidad y la cualificación, que reduce incertidumbres jurídicas y que sienta las bases de más competitividad y más futuro. Un modelo, en definitiva, para contratar y no para despedir.

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Un avance que ha merecido la pena

El pasado miércoles Confebask y los sindicatos CC OO, UGT y LAB cerrábamos sin acuerdo las conversaciones para materializar un acuerdo interprofesional de negociación colectiva para Euskadi. Más allá de este hecho, que lamentamos profundamente, porque éramos conscientes de su importancia y creíamos firmemente en sus posibilidades y ventajas para todos, me gustaría ante todo destacar el valor del proceso.

Cada parte ha defendido con toda legitimidad sus posturas, cada uno hemos sido conscientes de cuáles eran las necesidades, intereses y demandas de aquellos a los que representábamos y de hasta dónde era posible llegar. El que en esta ocasión el acuerdo no se haya alcanzado, que no hayamos podido salvar con alguno de los interlocutores los últimos puntos de discrepancia, cuando nos habíamos acercado en otros de entidad suficiente no debería entenderse, sin embargo, como un fracaso.

Al margen de los contactos institucionales bilaterales que en el día a día, todas las partes implicadas mantenemos, hacía mucho tiempo, seguramente demasiado, que no nos sentábamos alrededor de una mesa para dialogar e intentar acordar juntos. La ausencia de ELA representa a este respecto algo que lamentar, pero también entendimos todos, por responsabilidad y compromiso con nuestros representados y conel país, que su autoexclusión no debía detener el posible avance.

Y eso en realidad es lo que ha supuesto este proceso, un avance. Hemos avanzado en la capacidad para dialogar, para intercambiar alternativas y diagnósticos. Ha habido voluntad constructiva y esfuerzo. Hemos retomado una dinámica de negociación y encuentro que a todos también nos ha parecido importante preservar. De ahí que el cierre de la mesa negociadora no haya supuesto un punto y final, sino un punto y seguido, emplazándonos todos a seguir hablando, a seguir intentando acuerdos en aquellas materias donde sea posible hacerlo sabedores de nuestra responsabilidad en un momento y unas circunstancias muy complicados.  Ello permitirá a buen seguro que nuestros caminos se encuentren un futuro próximo.

Ha merecido la pena intentarlo y desde aquí mi consideración y agradecimiento a todos los que desde Confebask, CC OO, UGT y LAB han participado en las conversaciones.

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Formación compartida centro-empresa, una necesidad formativa, para la empleabilidad y la competitividad

Aún siendo inferior al que se registra en España (36,1%, frente al 48,5%), el desempleo juvenil representa una de las grandes preocupaciones a las que como sociedad Euskadi debe también dar respuesta. No sólo por la frustración personal y profesional que ello implica para muchos de nuestros jóvenes, obligados en ocasiones a buscar oportunidades en otros lugares, sino también porque no podemos permitirnos el lujo de perder el talento, el empuje y los conocimientos de generaciones tan altamente cualificadas, precisamente cuando más las necesitamos.

En un país como el nuestro, cuya principal riqueza son sus hombres y mujeres, las posibilidades de adaptación de nuestra economía y de nuestras empresas a un entorno crecientemente exigente y competitivo dependen, por otra parte, cada vez en mayor medida de la preparación, saber hacer y disponibilidad de nuestro capital humano. De ahí que lograr la mejor formación y empleabilidad de nuestros jóvenes, al tiempo que a través de ellos facilitamos a nuestras empresas nuevos recursos de competitividad, de innovación y de mejora sea también nuestra mayor garantía de futuro.

Posibilitarlo requiere como primer gran requisito de una eficaz y directa interrelación entre el sistema educativo y el sistema productivo. Así lo consideró ya hace más de 20 años Confebask cuando junto al Gobierno Vasco puso en marcha como iniciativa piloto el Programa de Formación Profesional Compartida. Un programa pionero basado ya en aquel momento en el modelo de formación dual alemán al que hoy se mira como alternativa desde otros ámbitos, dados sus buenos resultados en términos de empleo. Un programa que, reconvertido luego en Programa de Formación en Centros de Trabajo, ha abierto también en Euskadi a muchos de nuestros estudiantes de FP una puerta al empleo, permitiendo que una gran parte de ellos acabaran trabajando para la misma empresa en la que realizaron sus prácticas.

Además de las reformas que puedan emprenderse en otros aspectos del mercado laboral para impulsar el empleo en general y el juvenil en particular, consolidar y reforzar este tipo de iniciativas, caminar hacia una formación compartida centro-empresa de nuevo cuño, que englobe tanto a la formación profesional educativa, como a la formación profesional para el empleo bajo un único modelo y que, desde el principio permita a nuestros jóvenes compatibilizar la adquisición de conocimientos en el centro formativo con la puesta en práctica de los mismos en la propia empresa sería, sin duda, una buena noticia para ellos, para nuestro tejido productivo y para el conjunto de nuestra sociedad. No sólo estaríamos recogiendo el fruto de muchos recursos y esfuerzos dedicados a la formación, sino también asentando nuevas bases de competitividad y de empleabilidad para el mañana.

Y si estamos hablando de iniciativas formativas, por un lado, de inserción laboral, por otro, y de mejora competitiva para las empresas y la industria vasca como tercer elemento angular, es igualmente importante que las políticas orientadas a este fin tanto desde el ámbito público, como desde el privado ahonden en la colaboración, sintonía, coordinación y esfuerzo compartido que mejor aporte a estos objetivos.

En una economía como la vasca donde el peso de la industria ha sido, es y seguirá siendo, sustancial y donde estamos obligados a dar saltos cualitativos muy relevantes para afrontar las exigencias del nuevo orden económico mundial, la formación profesional integral y el apoyo constructivo a la misma por parte de todos los que vienen participando en este reto (educación, empleo y la propia industria) resulta desde este punto de vista no sólo necesario, sino la mejor muestra de responsabilidad y de compromiso.

En Euskadi tenemos experiencia en este modelo de formación compartida. Ahora sólo nos queda potenciar un sistema que tan buenos resultados nos ha dado en el pasado y que hoy día, en países como Alemania, es una también práctica consolidada.

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Ajuste sin crecimiento, la cuadratura del círculo

Nos enfrentamos a una crisis económica global de intensidad, complejidad y duración nunca antes conocida a la que, en el caso de la economía española, se le suman dos retos añadidos  que vienen condicionando nuestras posibilidades de salir adelante. El primero de ellos la necesidad de generar confianza, el segundo la de crecer.

A fin de ganar confianza frente a los mercados e inversores internacionales uno de los esfuerzos a los que se está dando hoy mayor prioridad es el del ajuste y la consolidación presupuestaria en un intento de reducir déficit y endeudamiento y cumplir con los compromisos adquiridos antela Unión Europea. Políticasde austeridad, recortes generalizados en la Administración y en la inversión pública e incremento de la presión fiscal para favorecer una mayor recaudación tratan fundamentalmente de atender a esta exigencia.

Todavía no se han abordado, sin embargo, con la misma prioridad, intensidad y, sobre todo, urgencia las reformas estructurales y las medidas de estímulo que serían también necesarias para generar confianza respecto al otro gran desafío que nos ocupa: el del crecimiento, o lo que es lo mismo, visto desde la óptica de esos mismos mercados internacionales, nuestra capacidad para promover la actividad económica y el empleo con que afrontar con garantías el pago de nuestra deuda.

Mientras, en el sector privado se ha hecho ya casi todo lo que se podía y se tenía que hacer. En el caso de las empresas vascas contamos con una economía y unas empresas competitivas a las que ha sobrevenido una aguda crisis económica a la que nos enfrentamos con todos los recursos y esfuerzos a nuestro alcance con el claro objetivo no sólo de aguantar, sino, en la medida de lo posible, de salir reforzados.

Lo que ya no está en nuestras manos, la parte de responsabilidad que compete a nuestros gobernantes, es abordar tanto las medidas que permitan cumplir los objetivos de déficit, como establecer las políticas que mejor estimulen y favorezcan el crecimiento económico, la actividad y el empleo. Reformas que se circunscriben fundamentalmente a tres aspectos muy concretos: sector financiero, mercado laboral y modelo fiscal.

Sólo con los deberes hechos en estos campos, atendiendo a las necesidades de crecimiento, tanto como a las de ajuste, tendremos posibilidad no sólo de salir antes y en mejores condiciones de esta crisis, sino que nos ganaremos la legitimidad suficiente para solicitar a la comunidad internacional un programa de consolidación fiscal y presupuestaria más digerible, al ser las reformas orientadas a promover al crecimiento económico la mejor garantía de un buen pagador.

Sin haber aprobado antes este examen, sin abordar las reformas que antes otros, incluso la propia Alemania, impulsaron, será difícil que ganemos la confianza y la credibilidad que hoy se nos ponen en duda y que gestionemos con efectividad el tiempo que nos ha tocado vivir. Estamos, sin duda, ante una decisión económica, pero también política y de Estado que requiere una respuesta en consonancia. Medidas de ajuste sin estímulo representarían en otro caso la cuadratura del círculo.

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Salvar el presente, preparar el futuro

Vivimos tiempos de convulsión socioeconómica, retos y sacrificios derivados de una crisis profunda y compleja. Tiempos que, más allá de la actual coyuntura, nos anuncian también la transición hacia un escenario económico diferente en el que todos vamos a tener que reposicionarnos para sobrevivir.

Al margen de las transformaciones y reformas que perentoriamente van a tener que imponerse en todos los ámbitos (financiero, fiscal, laboral, público etc) para superar esta situación y adaptarnos a sus nuevas exigencias, desde el propio colectivo empresarial somos también plenamente conscientes de para salir adelante es preciso intensificar los esfuerzos y adecuar nuestras formas de funcionar, nuestro objetivos, organización y estrategias para ofrecer una mejor y más eficaz respuesta a lo que de nosotros se pide. Venimos, de hecho, trabajando desde hace tiempo en este nuevo marco, que la actual coyuntura ha hecho aún más complejo y exigente.  

Con la prudencia y formas de actuar asociadas a todo momento incierto, se han instaurado, por ejemplo, importantes medidas de austeridad, vigilancia del gasto y gestión cada vez más eficiente de los recursos disponibles. Se han realizado, por otra parte, grandes esfuerzos de adaptación y de renovación productiva y organizativa en un intento de situarnos cada vez más cerca del cliente y de ofrecer la mejor respuesta  posible a sus demandas.

El mayor peso de las economías emergentes como centro neurálgico de la actividad económica, del desarrollo y del crecimiento mundial y la cada vez mayor importancia de la competitividad como elemento crítico de supervivencia han obligado al mismo tiempo a nuestras empresas a buscar una mayor presencia y cercanía al cliente mundial. De ahí que junto a la calidad y el buen servicio, nuestro tejido productivo esté realizando grandes esfuerzos para salir a vender, internacionalizarse, exportar e instalarse productivamente en el exterior, aprovechando las oportunidades allí donde éstas se presenten. Están buscando, también, un tamaño mínimo para competir, que exige más que nunca de alianzas y cooperación, especialmente entre las PYMES.

Las empresas vascas son muy conscientes de que apostar por estos factores y por elementos como la I+D, la modernización tecnológica, la formación de sus recursos humanos, el conocimiento y la innovación constituye la mejor forma de añadir valor a sus productos y servicios, de hacerlos diferenciales y más atractivos frente a los de otros. Constituye también la forma de preservar nuestro tejido productivo y con él las posibilidades de que Euskadi siga creciendo, generando empleo y manteniendo su actual nivel de bienestar y desarrollo.

Enfrentarse a este momento de dificultad y sobre todo a lo que haya de ser el futuro, va a implicar, sin embargo, no sólo a las empresas. Vamos a necesitar unidad de esfuerzos y una economía acorde Una economía industrial, tecnológicamente avanzada, de innovación y alto valor añadido. Algo que requerirá la implicación en primer término de las empresas, pero también de las instituciones y de las diferentes administraciones públicas, de los agentes sociales y del conjunto de la sociedad vasca porque salir de la crisis y estar en una buena posición de partida para cuando la recuperación se produzca es, más que nunca, una tarea de todos, en todos los planos y con todas nuestras fuerzas.

Si colaboramos todos en esta necesaria transformación, estoy seguro que conseguiremos una sociedad más competitiva, en la que el empleo sea nuestra prioridad.

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